Turismo millonario Vs pobreza persistente ¿A quién beneficia la industria realmente en República Dominicana?
Cada año se anuncian con bombos y platillos las sazonadas cifras históricas de ingresos por concepto de actividades relacionadas con el turismo, pero ¿De quién es la verdadera historia de éxito?
Al finalizar 2025 se pronostica que el turismo aportará a República Dominicana más de 21 millardos de dólares al PIB de acuerdo con las proyecciones del WTTC. Una verdadera hazaña económica, sin duda. Pero basta con caminar por los barrios que rodean los principales destinos turísticos para notar una amarga paradoja: la miseria sigue hospedada en el corazón de sus comunidades.
¿Cómo es posible que los hoteles estén a reventar, que los aeropuertos rompan récords en llegada de turistas, mientras que en los barrios y zonas rurales apenas hay servicios básicos? ¿Dónde se quedan esos miles de millones?
La respuesta parece esconderse tras una cadena de distribución de riqueza profundamente desigual y un modelo que privilegia la rentabilidad empresarial por encima del bienestar colectivo.
A esto se suma una débil fiscalización sobre los contratos laborales, lo que deja a muchos trabajadores del sector en condiciones precarias, sin derechos ni protección social suficientes.
El fenómeno conocido como «fuga de capital turístico» no es nuevo: ocurre cuando el dinero que genera un país no se queda.
En lugar de irrigar desarrollo en las zonas que lo producen, se evapora hacia paraísos fiscales, holdings internacionales y cuentas corporativas que nada tienen que ver con el bienestar local.
Pero también hay una responsabilidad del Estado. El modelo de desarrollo debe incluir mecanismos de redistribución, inversiones reales en las comunidades anfitrionas y políticas que comprometan al sector a retribuir lo que recibe.
No se trata de frenar el turismo, NO, sino de hacerlo justo, consciente y verdaderamente transformador.
Porque un modelo que crece sin mejorar la vida de su gente, es un prototipo frágil, y tarde o temprano, esta falta de equidad acaba pasándole factura a la misma industria de viajes y hospitalidad que hoy brilla en las cifras internacionales.
Siempre Igual
Todos los años las informaciones celebran niveles históricos, millones de turistas, millardos en divisas, aplausos para el crecimiento del sector en Quisqueya la Bella.
Pero al otro lado del paraíso, detrás de los resorts de lujo, viven familias que aún no tienen agua potable, calles asfaltadas ni acceso a salud básica. ¿Cómo explicar que el país "rompe récords" mientras su gente sigue esperando lo mínimo, lo básico, lo esencial, lo necesario?
En muchas comunidades de Punta Cana, Puerto Plata, Samaná, y Bayahibe, por mencionar solo algunos polos donde el turismo es parte del paisaje… pero no del progreso, sus habitantes contemplan a diario los autobuses pasar, los cruceros llegar, los hoteles encender sus luces. Sin embargo no vislumbran oportunidades reales.
Muchos trabajan limpiando habitaciones de lujo mientras sus propias casas se caen a pedazos y los enseres de sus hogares serían ofensivos para el basurero.
La industria turística ha creado empleos, sí, pero ¿A qué costo? Jornadas largas, salarios bajos, poca estabilidad. Y lo más doloroso es ver cómo los beneficios no llegan a las escuelas, a los hospitales, a las calles por donde caminan los hijos de quienes hacen posible esa "experiencia caribeña" que tanto se vende al mundo.
Es hora de preguntarnos si el modelo turístico dominicano se ha convertido en una burbuja que crece hacia arriba sin tocar la base.
Las grandes ganancias se concentran en manos de unos pocos, mientras la gente que pone el alma en el servicio sigue luchando por comer tres veces al día. ¿Eso es progreso? ¿Así es como se define el bienestar?
Lo verdaderamente desgarrador es que muchos dominicanos han normalizado esta desigualdad. Que trabajar para el turismo signifique conformarse con sobrevivir, mientras los anuncios oficiales hablan de «milagros económicos».
¿Milagros para quién?
El turismo no debería solo llenar estadísticas, sino también neveras. Esto no implica desmotivar la inversión ni el crecimiento; al contrario, se trata de exigir que ese incremento tenga rostro humano y llegue a quienes sostienen cada día esta industria con su esfuerzo invisible.
Ya no basta con calcular visitantes o ingresos. Hay que contar sonrisas genuinas en los pueblos turísticos, calles asfaltadas, jóvenes que no tengan que emigrar para tener un futuro. ¡Esto sí sería una verdadera historia de éxito!
Porque el mejor destino no es el que más turistas atrae, sino el que ofrece dignidad a su propia gente. Y esta debería ser la verdadera meta de un país que brilla tanto ante el mundo, pero que aún tiene cuentas pendientes con su pueblo.
teoinfante04@gmail.com


